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Entre la multitud de lugares que, día tras día, recorro en
mis entrenamientos, hay algunos que, bien por su belleza, su
singularidad, o simplemente por los recuerdos y evocaciones
que producen en mi espíritu, son especiales.
Paradójicamente, son esos paisajes los que han dejado
impresa su huella en mí, aunque sea yo, quien pisa
habitualmente sus caminos.
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La temporada de carreras por montaña tocó a su fin. Ya era
hora. Si; yo también amo este deporte. Precisamente por
eso: hay amores que matan.
Es el momento, pues, de hacer inventario; pero con una
particularidad. Tal y como si esta revista, en vez de Campo
Base, se llamara “Diez minutos” u “Hola,” el compendio no
será deportivo, sino un repaso anecdótico –frívolo que es
uno- o de situaciones curiosas. Como se vera, correr por la
montaña puede terminar abriendo las puertas mas
insospechadas. Los caminos de esa Señora, (la montaña)
también son inescrutables.
Una de las novedades con que uno se encuentra cuando el
triunfo acompaña, es la prensa. En las primeras
entrevistas, la lengua es como de trapo, y la saliva, se
niega a rodar garganta abajo. Pero, a medida que el tiempo
pasa, uno va adquiriendo cierto oficio, y al final termina
recurriendo a los clásicos: “no hay rival pequeño” (mentira,
algunos bajitos corren que se las pelan) o “correr es
correr” |
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Una consecuencia aún mas rocambolesca de la popularidad
local, es que le encarguen a uno el pregón de fiestas. En
carrera alguna, hasta la fecha, me han temblado tanto las
piernas, como en tal ocasión: El alcalde me presenta, y me
cede el micrófono; y yo me lanzo, las cuartillas escritas
días antes en ristre, a la conquista patriótico-festiva de
mis conciudadanos. Todo va sobre ruedas, hasta que llego al
final del primer folio; entonces me doy cuenta, con horror,
de que en una mano tengo el micro, y en la otra el
discursito: si paso la hoja no leo, y si leo no paso la
hoja. Terrible disyuntiva. El pilón se cierne sobre mí, como
la guillotina sobre el cuello de Maria Antonieta. Mi reino
por el pinganillo de Matías Prats. Me refiero al pinganillo
por el que le soplan…o sea…mejor será dejarlo.
Dolomitas. Copa del mundo. Inspeccionando el circuito a la
altura del Piz Boé, a casi 3000 metros. Un individuo, sin
duda extraviado de la marcha del día del orgullo Gay, pone
ante nuestros parpadeantes globos oculares, su culíprieta
figura de Musculoca, con un minúsculo Tanga por toda
indumentaria, mientras otea el horizonte con aire casual
desde un pequeño nevero. Por fortuna mi amiga, la
valencianisima Miriam Talens, inmortaliza con su cámara, tan
egregio instante.
Una de las pocas consecuencias desagradables de hacer podio
en Copa o Campeonato de España, son las pruebas Antidoping.
En otras ocasiones, el encargado de controlarme en el
supremo trance, siempre había sido masculino. Pero aquel
día, la propia Doctora cruzada de brazos, se puso a mi lado
como esperando a ver si escampaba. Lo malo es que no
empezaba a llover. Siete botellas de agua después, empezaba
a preguntarme si aquella frase de “sequía de premios”, no se
referiría al que me iban a quitar a mi, por no ser capaz de
mear. Afortunadamente, a la siguiente intentona, con
supervisor masculino, la cosa termino bien.
En el deporte, como en la vida, uno viste mejor cuando el
éxito le sonríe. La marca Trangoworld empezó a patrocinarme,
y ahora tengo un fondo de armario, como la Obregón. (Mi
amigo Agejas, me llama Trangomán) Cuando visité las
instalaciones de la marca en Zaragoza, esperaba encontrar
una de esas multinacionales frías y asépticas, y en cambio
encontré, que el gran jefe se llama Manolo, y el ambiente
era acogedor y familiar. A punto estuve de pedirles trabajo,
oye.
¡Ah! Y, además de todo esto, empecé a escribir artículos
para Campo base. Supongo que lo habrán notado ustedes.
Nunca imaginé que hubiera que correr tanto para ser
escritor. |