Todo en mi cabeza bullía a una
velocidad de vértigo, como una película que se
proyectase a velocidad fuera de lo normal; ves lo que
sucede, porque lo has vivido, pero todo pasa deprisa,
deprisa, muy deprisa. La sensación se puede comparar a
degustar anchoas cántabras, una delicia en el paladar,
pero breve a nuestro pesar. No obstante, la claridad del
día, el ambiente, los aplausos y, sobre todo, el estar a
metros de patear, a la tercera (tras dos intentos
fallidos) por vez primera la “arriveé” de Chamonix, me
conducía a pasos ligeros, casi sin pisar el asfalto
tantas veces soñado, envuelto en una especie de bonanza,
de estado de felicidad permanente, tanto y tanto, que a
penas pude distinguir –pero lo hice- a Joaquina entre la
multitud, cámara en ristre, sonriendo y dando traspiés
entre la gente mientras trataba de inmortalizar
gráficamente el momento.
El lector puede ya hacerse una
idea de lo que va este escrito. Casi comenzado por el
final, pero para llegar a los anteriores párrafos
ocurrieron muchas cosas, instantes de todo tipo que, a
pesar de poder dar la impresión de ser un poco grueso,
relataré tal y como los viví. Aquellos afortunados
practicantes de la carrera pedestre, los más locos, a
los que nos ataca la enfermedad de tal manera que nos
conduce por el lado peligroso de la cosa, los sky-runners,
maratonianos de montaña y ultrafondistas trail, sabrán
de qué hablo y, por un periquete, me gustaría que mi
relato les situara en coyunturas por ellos ya vividas, y
los demás, a los que se sienten cómodos tras la barrera,
los que no pueden explicarse como el cuerpo humano es
capaz de soportar, sin quebrarse, semejantes
barbaridades, a esos, estas líneas espero les ayuden a
comprender que correr, trotar, andar, sudar, comer y
beber a lo largo de casi 24 horas de corrido, subiendo y
bajando sin transición alguna cual cabra montesa (no he
puesto dormir porque no se duerme), es posible de la
mano de la fuerza mental, de la disciplina, de un
correcto entrenamiento y…, de la suerte.
Vaya por delante que lo que yo
hice a la tercera, muchos lo consiguieron a la primera.
También es de notar que varios centenares no lo lograron
(Fernando, compañero de fatigas, un saludo, el año que
viene lo conseguirás). Otro sí digo; antes que yo, a
Chamonix llegó un millar de compañeros, tan involucrados
como yo en la aventura, pero no puedo escribir por
ellos, ni contar qué les sucedió, ni de donde venían, ni
como se llamaban. No me importa nada el puesto que
ocupé, sí y mucho, lo que más, el hecho de que si el
lector mira la clasificación verá mi nombre entre los
llegados a meta, dentro de los “finisher”.
En las ediciones del Ultra Trail
del Mont Blanc del 2005 y 2006 fracasé de modo rotundo.
Regresé a casa derrotado por una carrera que se había
convertido en mi obsesión permanente. Pensé seriamente
no volver. Pero ahí estaban, Joaquina, Ramón, Miguel,
Juanma, Andrés, Rafa, Chinotto, Pedro…, y tantos otros
corredores residuales que me animaron a intentarlo por
tercera vez. Pero para hacerlo había que pasar por el
quirófano y…, por el dentista. Jesús Orizaola,
traumatólogo cántabro afincado en Albacete (es la leche
este tipo), me abrió literalmente la planta del pié
izquierdo en noviembre del 2006. De una tacada se echó
al coleto tres lesiones en una sola intervención
quirúrgica: tendinopatía aquílea, necrosis y fascitis
plantar de larga evolución. Noviembre, diciembre del
2006, y enero del 2007, los pasé con las muletas de mi
hermano Badiola. A mediados de febrero, Jesús me ordena
iniciar la rehabilitación de mi maltrecho pié. Iba
contrareloj y mi pié evolucionaba bien, pero muy lento.
Estaba sin sensibilidad en la zona plantar y de esa
manera, a primeros de marzo comencé a trotar en el campo
de césped del polideportivo municipal. (Gracias por
todo, Pablo).
Era como un burro atado, no a la
puerta del baile, sino a una noria que, unas veces
giraba a la izquierda y, otras a la derecha. Vueltas y
vueltas al campo de fútbol y, por toda compañía, el
personal de limpieza, el jardinero y, a veces, el
electricista municipal. Tenía por delante cinco meses
para preparar una carrera que me tenía casi
traumatizado. Me la sabía de memoria, y cada vez que iba
a correr al polideportivo, me imaginaba subiendo los
cuestones alpinos y fabricaba etiquetas mentales contra
el dolor. El tiempo pasaba, el pie iba mejorando. Pepe,
mi fisio, tuvo que ver muy mucho en ello. Me dio mucha
caña y, poco a poco, con sus cuidados y la medicación,
la sensibilidad fue regresando.
En el mes de abril, a mediados,
decidí arreglarme la boca. Consulté con el doctor
almanseño Carlos López Bonal. Le expliqué en qué tipo de
aventura estaba embarcado y si era o no posible incluir
un tratamiento rehabilitador de mi dentadura compartido
con entrenamientos diarios de hora u hora y media y
otros semanales que, me hacían estar 8 o 10 horas
corriendo y andando por los montes y sierras, locales y
foráneas. Fue que sí y comenzaron las sentadas en el
sillón con la boca abierta (“…, abre grande” –me decía
Carlos-) con vistas a terminar por las próximas
Navidades.
El tiempo pasaba rápido. Yo estaba
contento porque mi pié, lo que más me preocupaba, iba de
mejor en mejor. Corrí en la prueba del III Centenario de
la Batalla de Almansa (al tran, tran), y llegué a meta
sin apenas molestias. El Montcabrer, Sierra Helada,
Santa Bárbara, y toda la Sierra de Almansa fueron
testigos de mis tiradas largas (salidas de 50 y hasta de
60 Km.). Y llegó la prueba de fuego: Galarleiz-2007. 42
Km., 4000 metros de desnivel y siete montes de Ordunte
que subir y bajar. Joaquina y yo viajamos hasta las
Vascongadas y allí participé, por sexta vez consecutiva,
en el maratón alpino más antiguo del estado español. Una
vez en meta, en la campa de Pedro Galarza, duchándome
con el agua más fría que uno pueda imaginar, supe que
podía ir a Los Alpes con garantías. Y la moral aumentó.
En Galarleiz fabriqué etiquetas mentales nuevas,
desconocidas hasta ese momento para ir seguro al Ultra
Trail del Mont-Blanc.
Courmayeur (Italia), Champex
(Suiza), Chamonix (Francia). Un recorrido alpino
alrededor del Mont-Blanc de 86 Km. (a mí y a muchos nos
salieron unos pocos más de 90), con más de 9000 metros
de desnivel acumulado (positivo y negativo). Con
cuestones de horas y bajadas de ídem que te hacen entrar
en estado de shock y te llevan a estadios físicos y
mentales desconocidos hasta ese momento. Eso es el UTMB.
Hablo de naturaleza salvaje, de esplendor sin límites,
de glaciares de belleza y hermosura descomunal y valles,
tan verdes que duelen los ojos al mirarlos. Hablo
también de noches frías, de tembleques y tiriteras, de
calambres, de piernas cargadas y cuádriceps desbocados
que se quieren salir de los muslos porque no aguantan
las kilométricas bajadas a sitios a los que nunca
llegas. Y subidas…, enormes subidones, yo los llamo
cuestones. Senderos de alta montaña zurridos durante
años por millones de pares de zapatillas trail y botas;
senderos que circulan a través de zetas salvando lo que
los franceses vienen en denominar “col”, o sea puertos
en castellano. Cuestones con tal abuso de sobreprecio
que, muchos superaban el 30% de desnivel, plagados de
raíces, piedras, arroyos, barro…, algunos con caídas
libres a izquierda y derecha, que si te descuidas por
una de ellas…, hasta luego Lucas.
Intentaré relatar aquí y ahora
como fui progresando a lo largo de la carrera de la
manera más amena que sea capaz. No me resisto a citar
nombres míticos que por siempre me acompañaran hasta el
fin de mis días en mi carrera atlética popular. Tránsito
por Italia con salida desde Cormayeur con un ambiente de
película. Inimaginable para quien no ha estado allí.
“Refugio Bertone”: duro pero asequible. “Refugio
Bonatti”: otra subidita de aperitivo situada en plena
naturaleza salvaje, guardado por un enorme glaciar y
puerta de lo que se avecina. “Arnuva”: Una bajada
trepidante a un valle divino, todavía rebosante de
energía. “Gran Col Ferret”: Tela de duro, largo,
tedioso, el techo de la carrera a 2.500 metros de altura
(arriba, en la cima, suele hacer bastante frío), ojito
con él pues ahí muchos ya piensan que el desafío les
supera. Bajada de 17 Km. hasta “Praz de Fort” pasando
por “La Peule” y “La Fouly” (ya transitamos por Suiza).
Subidón (aquí se hace de noche para la mayoría) a
“Champex-Lac”: Un ascenso psicológicamente peligroso, no
exento de una exquisita y refinada dureza alpina, metido
todo el rato entre un proceloso bosque, en el que llegas
a pensar que nunca llegarás a ningún lado, que has
nacido corriendo.
La llegada a “Champex-Lac”, de
repente, sin previo aviso, salido de las sombras y donde
hay de todo, tiene mucho de inseguridad para el
participante. Aquí es donde se producen la mayoría de
los abandonos. Si se llega hasta aquí fuerte, o por lo
menos, no muy castigado (difícil pues se acumulan ya 45
Km. y más de 4000 metros de desnivel en las “jambes”),
tras una sopita caliente y un cambio de indumentaria se
puede y se suele arrancar con fuerzas renovadas. La
subida a “Bovine” es para cagarse, así de claro (¿a que
lo entiende todo el mundo?). Casi 5 Km. de rampas que
especulan y forman un perfecto maridaje natural con una
montaña alpina descarnada, plagada de escalones de
piedra virgen, raíces como anacondas y un chorro de
arroyos escandalosos que acojonan, que bajan a toda
velocidad y que hay que atravesar sí o sí, con el
añadido de que si te descuidas y no te inclinas lo
suficiente subiendo, puedes caerte de espaldas sobre
quien sigue tus pasos. Hay que sumar que es noche
cerrada (llevamos un frontal cual minero), que se
transita a 2000 metros de altitud y hace frío de los de
ponerte tres capas. Un martirio de verdad; sin duda, lo
más duro de toda la carrera.
Tras hacer cumbre, de nuevo,
apenas sin transición, un abajadero brutal y largo,
eterno, hasta “Trient” (aquí abandonó mi compañero de
aventuras Fernando, roto de fatiga y angustiado por
dolores que no supo o pudo soportar), una pendiente que
hace que los tendones rotulianos se parezcan más a
pinzas de tender la ropa que a tejido cartilaginoso.
Ahora estamos a 1.400 metros y, de nuevo, como si fuera
Maquiavelo quien hubiese diseñado la carrera, comienza
la ascensión (en ese momento eres un dolor que corre,
anda, sube y baja), a “Les Tseppes”: Otra vez varias
horas de inmisericorde subidón, de madrugada, hasta
alcanzar, ya no sé cuantas veces, los 2.000 metros.
Alcanzada la cumbre y pasado el control, tras una breve
y suave carrerilla, abandonamos Suiza y pasamos a
Francia. Tras una curva…, el declive. La ladera más
inclinada hacia abajo que haya pasado desde que nací; es
irreal. Curvas bacheadas, traicioneras. Aquí me viene a
la mente mi compañero de club y campeón de campeones
Fernando García “Tarzán” (D.E.P.) que decía “…, hay que
bajar como un jabalí”. Los bastones apenas sirven para
sujetarme y para colmo, los arroyos alpinos utilizan el
sendero para llevar las aguas al valle. Conclusión:
barro a manta, varios porrazos y los pies encharcados y
pesando un par de kilos de más. Llegando a “Vallorcine”,
se hace de día. Parece increíble pero ya llevo casi 18
horas de competición y todavía sé como me llamo. Cuando
alcanzo el control de la estación alpina de “Vallorcine”,
me invade una enorme paz. Me quedan 16 Km. si ando,
tardaré unas tres horas, si troto, solamente dos. De una
forma u otra voy sobrado de tiempo. Sé que ya nada ni
nadie me va a impedir cruzar la meta de Chamonix. Decido
hacer lo que me digan mis sensaciones (ya hace rato que,
los dolores articulares y musculares, tras alcanzar el
máximo nivel, han comenzado de nuevo a subir de
“temperatura”).
Ahora transito ya por el penúltimo
control, “Argentiere”. Faltan 10 Km. Sin pensarlo
demasiado, sin saber bien qué hago, comienzo a correr.
Tras superar el “Col Des Montets” (una birria de “col”),
veo el Mont-Blanc y, al fondo, a la derecha, Chamonix.
Fue muy atrás cuando tuve problemas de ampollas en un
dedo, pero el “comped” me ha ayudado muchas horas y
aguanto. A 6 Km., la uña del dedo pequeño del pié
izquierdo dice basta y explota del pié, literalmente, se
separa. El dolor es agudo y punzante. Me detengo. Me
quito la zapatilla y me hago un vendaje con el
tensoplast que llevo en la mochila. Sangrando, arranco
de nuevo y, casi sin darme cuenta, llego a las calles de
Chamonix.
Ahora sí que me invade una
felicidad que no puedo narrar. Ya no me duele nada.
Solamente pienso en ver a Joaquina en el arco y…, enfilo
la recta final. El gentío en las calles, que arropa por
igual al primero que al último, me jalea. Son casi las
diez de la mañana del sábado y todo Chamonix está en las
calles para ver llegar a los “trailers del Mont-Blanc”.
Suenan los acordes de “Carros de Fuego” y…, con una
enorme paz, dedicando todo mi esfuerzo a mi compañero
Fernando García “Tarzán”, cruzo la meta y me dan mi
premio: la camiseta de “FINISHER”. ¡¡Lo he conseguido!!,
a la tercera, pero lo he hecho. Cruzar la meta de
Chamonix fue, sin duda, lo más grande que me ha sucedido
en mi popular carrera atlética. Cruzaré otras, eso
espero, pero habrá ya siempre un antes y un después de
terminar el Ultra-Trail del Mont-Blanc.
Unas advertencias. Este escrito no
pretende otra cosa que ser una reflexión personal sobre
como superé mi reto alpino. Fui débil por momentos, pero
superé la debilidad y ello me hizo triunfar. Llegamos
muchos. Y cada uno tendrá su historia, seguro.
He plasmado esta reflexión negro
sobre blanco porque me apetece y, porque soltar lo que
“llevo dentro” me ayudará a enfrentar sin presión, otros
retos deportivos. También, porque me lo han pedido
algunos de mis amigos del alma y, porqué no, para hacer
partícipes de mi aventura a compañeros que decidan
afrontar este incivil bucle alpino y, para aquellos que,
ignorantes del esfuerzo que hay que llevar a cabo para
ser “finisher” del UTMB, tengan a partir de ahora una
pequeña dosis de conocimiento que les ayude a valorar
correctamente a quienes disfrutamos, corriendo, subiendo
y bajando montañas.
Fui el único “TIERRA TRAGAME”
presente en esta edición del 2007. Por ello, dedico a
todos los miembros de nuestro Club esta “victoria”
particular. Allí donde esté presente uno de los
nuestros, representa a todos, y la victoria o la
derrota, es también de todos. A ver si para el año que
viene, se animan más miembros de nuestro Club. Jesús y
Ramiro ya lo terminaron también en el 2005.
Termino, felicitando a Mónica
Aguilera (segunda clasificada absoluta en Mujeres) y a
Aurelio Olivar (noveno puesto en la general absoluta).
Dos hazañas sin parangón. No olvido al ya bi-ganador
absoluto MARCO OLMO. Italiano, de 59 años y un prodigio
de la naturaleza. Sin duda, el mejor ultrafondista de
trail que existe en el mundo. Un lujo y un gran orgullo
el que siento al haber compartido carrera con él.
No todos pueden decir lo mismo.
LUIS BONETE PIQUERAS
Dorsal 5905 CCC-2007
“Tierra Trágame”.
Crónica fotográfica