El circuito en la localidad de
Leganés se puede decir que es enteramente urbano, pero
con sus salvedades, ya que en poco menos de 3 kilómetros
nos ha sacado fuera de la ciudad adentrándonos en el
campo para luego conducirnos a un parque que tras
recorrerlo nos conduce a una cuesta mítica de la carrera
y eslogan de la misma -la cuesta del cementerio-, tras
la cual, la carrera vuelve a adentrarse en el asfalto
para conducirnos ya a meta, pero recorriendo antes un
parque en el último kilómetro que generalmente se nos
antoja interminable.
Desde que descubrí esta prueba, me
gustó aunque odio las carreras agónicas, y ésta lo puede
llegar a ser (y mucho), pero me resulta diferente a
todas las demás carreras de asfalto. En estos años (y ya
son siete las ediciones en las que he participado) he
visto como poco a poco se ha ido urbanizando el
recorrido de la carrera, como se han ido vallando
lindes, como han ido asfaltando algunos tramos, como han
ido creando paseos, como ha evolucionado el parque.
Pero, también he visto como ha ido evolucionado la
organización, siempre volcada en su carrera, siempre
dirigida por la serenidad y el nervio de José Sánchez,
y siempre acompañado por el saber hacer de un gran club
los
maratonianos de Leganés.
En esta prueba es habitual encontrarnos amigos y
compañeros del club, que acudimos a ella buscando
en la temporada invernal carreras donde podemos chequear
nuestro estado de forma, o simplemente, mantener nuestro
estado de forma y que no sean las típicas carreras
agónicas de asfalto en espera de que empiecen las
carreras por montaña.
Este año nos dimos cita allí Charo
Rodríguez y Goyo Rodríguez, que se estrenaban por
primera vez en esta carrera a tan solo una semana del
maratón de Sevilla, Pedro Gracia, que ya lleva alguna
que otra edición igual que Fco Javier Jiménez y la que
suscribe a la que solo le falta la primera.