Nuestras Crónicas
Crónicas de
Centroamérica
por Kike
Garrandés
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Ciudad de
Antigua Guatemala. |
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La
claridad se convierte en realidad. El negro del cielo desaparece
para dar paso al azul claro. No puedo resistirme y giro la cabeza
hacia atrás. La imagen que veo supongo que permanecerá en mi mente
para el resto de los días. Una imponente cadena de volcanes dotada
de distintos tonos de verde es arropada por una masa de nubes que
se desplaza con lentitud. El cielo es azul en lo alto pero en el
horizonte perdura aún el naranja del amanecer. El grandioso lago
Atitlán se extiende a ambos lados como los brazos de un gigante de
agua que se despereza con la llegada de una nueva jornada…
Multicultural y humilde se muestra la América Central, una
recóndita región que tiene mucho que ofrecer. De ella muchos
personajes históricos fueron testigos. Fueron los mayas los
primeros encargados de saborear la dulzura de este paraíso, para
posteriormente pasar a manos de conquistadores. El mismísimo rey
Felipe II fue quien nombró a la entonces capital guatemalteca,
Antigua Guatemala, “Muy Noble y Leal Ciudad”; siglos más tarde,
sin embargo, todos los países de la región pasarían a formar parte
del Imperio Mexicano creado por Agustín de Iturbide, con el
propósito de frenar la progresión estadounidense. |
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Encima de la lava
Uno
de nuestros principales propósitos del viaje era el de ascender
volcanes, ya que Centroamérica es una región caracterizada por su
alta sismicidad. Al día siguiente de nuestra llegada tuvimos
nuestro primer regalo.
La
primera ascensión que realizamos fue al volcán Pacaya, de 2800
metros de altitud. Es precisamente éste el más visitado tanto por
los turistas como por los propios lugareños, además de ser uno de
los volcanes más activos del país. Ríos de lava viscosa descienden
por las empinadas laderas del perfecto cono, al tiempo que el
interior del mismo ruge de modo espontáneo.
La
ascensión a este volcán es relativamente sencilla. La parte más
complicada es sin duda el último tramo, donde el terreno suele ser
resbaladizo como consecuencia de las lluvias matinales. En la cima
no pudimos ver nada más que rocas de azufre y la niebla de la
mañana mezclada con las emanaciones del cráter, el cual quedaba
fuera de nuestra vista. En conclusión, aquel día no tuvimos toda
la suerte que hubiésemos deseado, pero teniendo en cuenta la hora
que era – en la que todo el cielo se cubre de nubes -, y también
que coincidía con la época de lluvias, poco podíamos hacer.
Nuestra subida no había sido en vano. Pensábamos ver algo más,
pero no fue posible.
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Kike Garrandés en la cumbre del
Pacaya
(2.800 m). |
Río de lava al pie del volcán
Pacaya. |
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Enrique Garrandés en el cráter
del volcán Acatenango. |
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Una bonita
experiencia con un final amargo
Al
día siguiente de aquello ya teníamos puestas de nuevo las botas
para iniciar otra ascensión. Esta vez era el volcán Acatenango, el
tercero más alto de Guatemala con sus 3970 metros.
La
subida fue suave todo el rato; el camino estaba bien trazado y
tenía vegetación a su alrededor. El barro era quizá el único
obstáculo que teníamos que enfrentar, además de la siempre
presente niebla matinal.
Lo
mejor de toda la caminata fue sin duda el viejo bosque de la falda
del volcán. Los árboles eran altos, de troncos y raíces gruesas y
retorcidas; las hojas abundaban en las zonas más altas y eran de
un verde muy intenso. En las copas piaban los pájaros que, por
cierto, se hacían invisibles como consecuencia de las nubes que
descendían paralelas a la pendiente del cono y que tapaban todo lo
que encontraban a su paso. |
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Después de un descanso para comer y de echar unos tragos de agua
muy merecidos, iniciamos la última etapa de nuestro ascenso. Al
poco tiempo llegamos a una zona sin vegetación, inerte. El viento
soplaba fuerte y nos era difícil mantener el equilibrio. Tras un
largo rato por este desierto alpino, alcanzamos la cumbre y
sacamos unas pocas fotos. Lo cierto es que no tuvimos suerte con
el tiempo. De dos ascensiones que habíamos realizado por entonces,
dos había hecho mal tiempo en la cumbre.
En
el techo del volcán no permanecimos mucho tiempo. Descendimos
parte del cráter, pero no quisimos bajar del todo por miedo a
perdernos. Las fumarolas emergían de distintos puntos de la
ladera, calentando el aire. Incluso pudimos calentarnos nuestras
frías manos con el calor de las piedras.
De
regreso, ya íbamos pensando en nuestro próximo destino: San Lucas
Tolimán. Esta localidad esta situada en la orilla del
impresionante lago Atitlán, considerado uno de los más bellos del
mundo, y rodeado de increíbles montañas.
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Un inesperado
gigante
Es
por la noche y la oscuridad reina en el mundo en estos momentos.
Me paro un instante y me restriego el sudor de la frente
con el pañuelo que llevo en la muñeca; las gotas también me
resbalan por la espalda, dejando mis ropas empapadas. La espesura
de la selva es incomparable a cualquier otra creación de la
naturaleza que se pueda imaginar; solo yo soy testigo de esta
situación.
Me
quedo un poco atrás, y las dos personas con las que camino
desaparecen de mi vista. La ausencia de linternas dificulta mi
campo de visión, y por ello tropiezo de vez en cuando. En
ocasiones puedo ver el repentino relampagueo del cielo a lo lejos.
Las luciérnagas relucen y los grillos emiten sus característicos
chirridos nocturnos.
Ando
un poco más y, después de esquivar algunos árboles y malezas,
entro en un claro. Allí puedo intuir dos figuras sentadas en el
suelo. Son las dos personas que hace un rato me habían dejado
atrás. En estos momentos un rayo de luz se abre entre la densidad
del bosque: se está haciendo de día. Nos ponemos de pie y, después
de un largo trago de agua iniciamos de nuevo la marcha camino a
nuestro objetivo, la impresionante cumbre del volcán Atitlán, de
una altitud de 3500 metros… ¡ pero de más de 2000 m. de desnivel!
En
aquella ocasión subimos el volcán más radical de todos los que nos
encontramos en nuestro viaje centroamericano, lo que se recompensó
con las increíbles panorámicas desde su cumbre. Para mí ha sido
sin duda la montaña más complicada que se me haya puesto delante
hasta el momento. Aquella noche aprendí muchas cosas sobre la
selva y también sobre las costumbres de la gente del lugar.
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Vista del lago Atitlán durante
el amanecer. |
Enrique Garrandés en la cima
del Volcán Atitlán. |
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La Tierra
está viva
Nos desplazamos a Quetzaltenango, segunda ciudad más importante
del país. Nuestro objetivo era realizar una breve visita a la
ciudad para al día siguiente ascender el que sería nuestro
cuarto pico, el Volcán Santa María. Allí repusimos fuerzas
después de la gran paliza del día anterior; pero con la ilusión
de realizar más cumbres.
Eran las seis y media de la mañana y estábamos al pié del
volcán, cuando de pronto oímos unas voces que venían de detrás.
Eran cuatro guatemaltecos con las mismas intenciones que
nosotros: ascender el volcán para llegar pronto a la cima.
Rápidamente nos juntamos y comenzamos a conversar mientras
subíamos por el camino sin apenas cansarnos. Como todos los
volcanes, al principio es un camino de suave pendiente, que se
va tornando puntiagudo y empinado según se asciende al cono. La
vegetación en este caso estaba siempre presente e impedía ver a
lo lejos.
Después de unas cuatro horas llegamos a la cima. Esta vez el
cielo estaba despejado, el azul permanecía en lo alto y se podía
realizar una buena observación del área circundante. A lo lejos
se podía divisar la larga cadena de volcanes que nacía en la
frontera con México y que desemboca en El Salvador. El
impresionante Tajumulco, techo de Centroamérica, se divisaba en
la lejanía junto a su hermano Tacaná, el segundo en altura de la
región.
Nada más llegar a la cima, un tremendo ruido ensordecedor nos
llamó la atención. A más de mil metros por debajo de nosotros,
vimos algo indescriptible: el volcán Santiaguito, que se
encontraba en erupción. Su interior rugía cada vez más fuerte
hasta que al fin, acababa vomitando rocas y gases. La polvareda
que se formaba en el aire era tan densa que allá abajo se
generaba una sombra. Las piedras caían rodando por la pendiente,
rompiéndose en miles de pedazos. En efecto, la tierra estaba
viva, nunca habíamos visto nada semejante.
De
nuevo en la bajada íbamos conformando nuestra próxima quinta
cumbre, el Tajumulco, techo de América Central.
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Cima del
Volcán Sta. María. |
Volcán
Santiaguito en erupción. Vista desde el Volcán Santa María
(3700 m). |
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El techo de
Centroamérica
Nos dirigimos a la alejada población de Ixchiguán, al pie del
volcán Tajumulco, el más alto de todos los volcanes, no solo de
Guatemala, sino también de Centroamérica. El día amaneció
nublado y ventoso, por lo que pensamos más de una vez si era
buena idea iniciar la ascensión o si era mejor esperar al día
siguiente. Finalmente nos decidimos por comenzar el que
teóricamente sería nuestro último pico.
No
solo la niebla y el viento estaban en nuestra contra. Al poco
rato de comenzar a caminar el cielo empezó a descargar agua y la
tierra del camino se convirtió en indeseable barro. Apenas
podíamos orientarnos y más de una vez nos perdimos. Menos mal
que por entonces ya había lugareños trabajando en las
plantaciones de maíz del lugar y nos pudieron ayudar a encontrar
el camino. Una vez orientados todo fue más fácil. La subida fue
muy agradable, a través de verdes prados rodeados por altas
coníferas. Las flores, azules y amarillas, salpicaban la hierba
mientras la lluvia caía formando una delgada cortina matinal.
Era curioso, pero lo cierto es que siendo éste el más alto de
los volcanes, nos estaba resultando en cambio el más sencillo,
quizá por el agradable paseo, quizá por la siempre bien recibida
agua, … quizá por la costumbre.
Al
cabo de unas dos horas superamos la barrera de los cuatro mil
metros. Poco tiempo después comenzaría a notar los efectos de la
altura, dolor de cabeza y ligeras ganas de vomitar. Ahora el
terreno cambiaba, el imponente bosque daba paso a una pedrera
más técnica en la que era necesaria la trepada por una canal de
roca.
Después de alcanzar el pico menor y de hacer un gran esfuerzo,
alcancé la cima principal, donde un gran trípode de hierro me
indicaba que estaba en el techo de Centroamérica. No podíamos
ver lo que había más allá, el tiempo y la niebla se nos echó
encima, sin embargo habíamos logrado un gran objetivo y
estábamos contentos, celebrándolo con unas onzas de autentico
chocolate maya.
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Kike
Garrandés en la ladera del volcán Tajumulco. |
Enrique y
Kike Garrandés en la cumbre del Tajumulco (4260 m). |
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Cima del
Izalco. Lago Coatepeque al fondo. |
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Tierras de El Salvador
Nos trasladamos a El Salvador, pequeño y acogedor país de la
América Central, con la intención de visitar el complejo de
volcanes situado al oeste del país, donde se localizan el Santa
Ana – techo de El Salvador -, el Izalco, y el Cerro Verde. Lo
cierto es que el primero de los tres se encontraba bajo revisión
de los geólogos por una erupción reciente y la ascensión no estaba
permitida.
El
Izalco (1956 m), no destaca por su altura, pero es sin duda alguna
uno de los más bellos, y sus vistas desde la cumbre son todo un
espectáculo al contemplar el lago cratérico de Coatepeque, las
verdes llanuras del país y el océano Pacífico en el horizonte.
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Cima del
Izalco. Lago Coatepeque al fondo. |
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Bonito final
de viaje culminado con un séptimo volcán
Regresábamos de El Salvador hacia Guatemala, sin saber muy bien
que hacer el día que nos restaba. Pensamos durante un tiempo pero
no se nos ocurrió nada, hasta que comenté que una de las
posibilidades era la de subir un último volcán, el volcán de Agua,
de más de 3700 metros de altitud. Al principio nos lo tomamos un
poco a risa (era impensable que el último día de nuestro viaje
apurásemos tanto), pero finalmente empezamos a tomarlo en serio. Y
así fue. Por la noche dormimos en la ya conocida ciudad de Antigua
Guatemala donde hicimos los últimos acopios de comida y en la
madrugada nos encontrábamos buscando el camino para ascender.
Éramos conscientes de que, en efecto, estábamos arriesgando
demasiado y podía ser catastrófico el hecho de que nos ocurriese
algo justo el día antes de nuestra partida, pero queríamos
exprimir el tiempo al máximo.
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El camino estaba bien trazado y había marcas rojas a los lados.
Sin embargo, de pronto, y al cruzar una pista, las señalizaciones
dejaron de verse y perdimos la orientación. Comenzamos a vagar por
la inmensidad del bosque y, cuando quisimos darnos cuenta, después
de una hora de ascenso nos habíamos perdido por completo. Lo que
antes era un camino con jungla a los costados ahora se había
convertido en una completa jungla en la que el camino lo
trazábamos nosotros. Nuestro buen instinto nos decía que
siguiésemos hacia arriba, ya que la montaña se va estrechando
conforme se asciende y es la forma más segura de encontrar el
verdadero camino.
500
metros de desnivel y dos horas extras nos pusieron de nuevo en la
buena ruta, si bien alguna serpiente nos asustó mientras nos
aferrábamos como podíamos a las ramas y a las lianas con objeto de
superar la impresionante pendiente que fuera del camino ofrecía la
montaña.
A
partir de ese momento todo fue más sencillo, ya que el camino
seguía directo hacia la cumbre, de forma progresiva y empinada.
Las dos horas que habíamos perdido luchando con la jungla me
habían exigido un gran desgaste físico, con lo que ahora estaba
agotado. Después de aproximadamente una hora, hicimos nuestra
séptima cumbre, si bien un poco decepcionante debido a la
acumulación de antenas sismográficas y de comunicaciones.
Rodeamos el cráter, repusimos fuerzas y disfrutamos de unas
maravillosas vistas de la ciudad de Antigua durante el descenso
hasta el pueblo de Santa María de Jesús.
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