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A veces la vida
me sorprende,
a veces, las
luces, se me esconden,
se me esconden
tras las nubes,
se me escapan entre aludes;
en alud de
pensamientos,
en llorar mil
sentimientos,
en callar mudo
sin cuerpo,
sin voces, sin
palabras,
de silencio
desgarrado,
anonadado, sin
amarras,
perdido tan
adentro,
tan absorto,
tan cansado,
escuchando solo
al cierzo;
solo al cierzo
en su pasar,
en su trono sin
espejos,
sin fetiches,
sin amigos,
que en su vida
me ha perplejo,
que en su
lecho, en su saber,
me ha narrado
su dolor,
su perder hoy
el color,
su desidia hoy
al tener,
que secar hasta
el ombligo;
no hay sentido,
no hay razón,
ni siquiera hay
un latir,
nada mas
lagrimas,
solo sol,
tímidamente
mirar a las animas,
y pedirles
sonreír,
suplicarles hoy
mas fuerza,
para abrir con
fe la puerta,
correr entre
las piedras,
llorar jadeando
la pena,
brindarle a mi
amigo un gran adiós;
recordarte
saltando sin temor,
entregado
prodigioso a tu pasión,
y despedirte
trotando de tus montes,
acariciando de
nuevo tus sendas,
respirar tus
hinojos y mentas,
en tus arroyos
depositar el recuerdo,
liberando en
sus aguas tus sueños,
y cuando el día
se vista de ocres,
tu silueta
estará ya en el cielo,
en los mares,
en el viento,
y por supuesto
en tus montañas,
que si cabe
serán hoy más bellas,
recogiendo el
brillar de tu estrella,
que verán hoy
crecer sus estelas,
pues tus ecos
se han quedado ya en ellas.
Chamar (Ignacio A. Samartino) |